Si hoy fuéramos al cine y descubriéramos que casi todas las películas cuentan historias de Harry Potter, El Señor de los Anillos, Marvel o Star Wars, probablemente pensaríamos que Hollywood tiene una seria falta de imaginación.
Pues algo muy parecido ocurrió con la ópera durante sus primeros siglos.
Cuando este género nació, a finales del Renacimiento, los compositores y escritores tenían una auténtica obsesión por el mundo clásico. Si necesitaban una historia para una nueva ópera, casi siempre abrían el mismo “catálogo”: los mitos de Grecia y Roma.
Allí estaban Orfeo descendiendo al inframundo por amor, Ulises intentando regresar a casa después de la guerra de Troya, Dido enamorándose de Eneas, Hércules enfrentando pruebas imposibles o las tragedias de la familia de Agamenón.
¿Era falta de creatividad? Todo lo contrario.
Para los intelectuales de la época, esas historias representaban el máximo ideal de la literatura. Eran los grandes clásicos, las obras que toda persona culta conocía y admiraba. Adaptarlas a la música era tan natural como para un director de cine actual adaptar una novela famosa.
Además, esos personajes ofrecían algo irresistible para la ópera: dioses que descendían del cielo, monstruos, hechizos, viajes al inframundo, héroes atormentados y emociones llevadas al extremo. Era el material perfecto para un espectáculo que aspiraba a impresionar tanto los ojos como los oídos.
No es casualidad que las primeras grandes óperas tengan como protagonistas a Orfeo, Eurídice o Ulises. Y esa fórmula funcionó durante generaciones, mucho más que un siglo.
Solo con el paso del tiempo la ópera empezó a buscar inspiración en otros lugares: Shakespeare, las novelas históricas, las leyendas medievales o acontecimientos reales fueron sustituyendo poco a poco a los dioses del Olimpo.
Pero durante mucho tiempo, si querías estrenar una ópera exitosa, había una apuesta bastante segura: preguntar qué le había ocurrido a algún héroe de la Antigua Grecia.
Libia Montaño
